28 de junio de 2014

Silbido

Aquella limpia y despejada noche, una refulgente luna bañaba con su claridad a un bravo río que rugía al roer el rostro de la tierra. Cuatro hombres, montados sobre una canoa, luchaban a brazo partido contra el terror que pretendía apoderarse de sus espíritus. Miraban atrás, buscando la fuente de su inquietud. Un descuido los llevó a una corriente que los impulsó a la caída de una cascada. Tras alcanzar, desperdigados, las raíces de aquel inmenso tronco de agua, se reagruparon a nado y pusieron el casco de la canoa contra la superficie de un trémulo espejo. La calma era intrigante. Un lejano aullido hizo saltar en pedazos aquel esperanzador silencio. Unos segundos después, mucho más cerca, grandes ramas se quejaron al ser fracturadas. Los hombres se agazaparon, cuatro espaldas unidas en un sólo temblor. Un silbido electrizante. Tres días después, cerca de un pueblo corriente abajo, unos campesinos hallaron en la ribera del río una canoa abandonada, casi intacta, salvo por una mancha carbonizada en su centro, con la forma de un trébol de cuatro hojas.

24 de septiembre de 2008

Contraejemplos

Nos ha tocado vivir
este mundo que se desgasta
buscando chisporroteos de felicidad
en el esnob concreto finamente armado,
en las alfombras cucas,
en el futón tanoshit,
en una vajilla de rómpela y te la rompo,
en una cama asexuada, quiropráctica y aséptica,
en un televisor más grande que el muro de la sala,
en una nocturna neumonía descapotada
sobre neumáticos del gordito,
en tanta materia inmarcesible y vacua,
que no llena ni el fondo del espíritu.

Y no,
la felicidad no está ahí,
lo hemos comprobado
a punta de contraejemplos:
los impulsos vomitivamente rosáceos,
plantados en una templada selva del golfo;
el amor encuerado frente al frío de la indiferencia,
gomitas erectas y chabacanos encogidos;
nuestra resistencia combativa contra el pasado
que bombardea con preconceptos antieróticos
nuestras almas refugiadas
en los búnkeres de la desconfianza,
con una botella de un yummy tinto barato por fusil
y las palabras sabias por municiones;
la dulce tarea de fungir como pastores
en las praderas capilares retacadas de piojos,
que ronronean como gatos
rescatados de la mierda urbana...

Y sí,
ahora nos toca el contraataque
sutil, clandestino, complotado:
provocarle tantos accidentes a la felicidad
como sean necesarios para sacudirle la esencia,
para demostrar que puede reposar
entre muros de aire o concreto,
en cualquier sitio que elija
este hogar vagabundo que somos,
sin importar la cantidad de materia
que nos circunde.

11 de abril de 2008

Tormenta

Torrencial lindero de noche tormenta.

El alba llega con versos bucofónicos
escupidos al cielo raso
y tu cuasilentejuélica presencia
en mi ribera
me obliga a la poesía
que brota de mis poros
en dulce, fogoso y sinfónico alud.

¡Que sí, carajo, eres tormenta!
De aquellas tormentas halterofílicas
que se levantan a sí mismas,
poder del rayo retina,
estruendo del trueno primor,
llegas, refulgente hidromusa,
con tus encantos polisílabos,
a la taberna deste masticador de ritmos.

Y luego tú, nena esplendorosa,
te vas, por la vereda agridulce
deste bosque pasional,
hallando, en cada paso,
bajo el torrente de tu propia tormenta,
los versos almidonados
que un poeta-lobo sin colmillos,
tendido bajo el manto de la oscura luna,
escupió al emperifollado cielo abierto.

8 de abril de 2008

Automático I

Extírpame la soledad
de una vez por todas.

No me dejes deambular más
por las praderas del hastío.

No estamos,
somos movimiento.

Embates de la vista
nos traicionan,
gritando la verdad
a la exósfera.

Entiéndeme,
las manecillas giran
y yo te veo ascender
delante de un rugido.

Estallidos de incertidumbre.

Zigzagueas entre calles
deslavadas
por tanto flujo de dulzura.

En tus labios se queda
el recuerdo de lo insoluble,
sal de mares inconclusos,
de sueños perdidos
en mareas caóticas.

No eres todo,
no soy todo,
no somos todo,
queda por delante
la peripecia verbal,
aún nos quedan
las escaramuzas pactadas.

No divagues,
devora,
híncale el colmillo
al chamorro de la lujuria
después de rasurarlo
con tus navajas pupila.

Deja atrás los alegatos
de tu restirado titubeo,
compacta tu cháchara decente...

¡Basta ya
de jalarle las patillas
al desenfreno!

Aquí estoy,
aquí estaré,
llegarás.