4 de marzo de 2016

La rosca


Una tras otra, con esos intervalos largos que nos caracterizan a los mexicanos para llegar a cualquier evento, preámbulos de festivas recepciones, fueron llegando las visitas.
La rosca de reyes reposaba en el centro de la gran mesa del comedor, como una ofrenda al amor familiar.
Carcajadas y gritos, bailes de niños animados por las palmas y cantos desafinados de adultos que bailan más animados que los niños, quienes sonríen inmersos en la pena ajena.
El festejo alcanza su culmen. Toda la familia, sentada en torno al mesón, se prepara para el gran ritual. Con trabajos, la abuela saca un inmenso cuchillo de un cajón necio. El filo reluce bajo la luz tenue de un candelabro empanizado con polvo, mientras la mujer se dispone a cortar la rosca, adoptando la posición de quien pretende partir en dos una anaconda.
Hunde el cuchillo en el mullido pan y sonríe. El primer tajo sale limpio, sin tocar plástico. Hunde de nuevo la hoja y su sonrisa deviene una carcajada seguida de un aplauso.
—¡Gracias, Santo Niño de Atocha! ¡Me salvé de hacer los chingados tamales! ¡Con las reumas que me cargo!
El tío Porfirio levanta el cuchillo. Otro tajo limpio, igual que el siguiente. Su sonrisa deja ver unos dientes cubiertos por el velo de la nicotina.
Ezequiel levanta el cuchillo. Sus pequeñas manos apenas pueden sostener el mango. Su madre se apresura a ayudarlo a cortar la rosca. Un tajo limpio, otro igual.
Ezequiel se lleva enseguida el gran trozo de pan a la boca. Muerde, mastica, engulle, muerde, mastica, engulle, con ansiedad, como si no se hubiera tragado medio kilo de fruta de la piñata y dos tazas de chocolate.
La tercer mordida es distinta. Algo le impide cerrar la mandíbula. Un instante después, sus dientes chocan violentamente, soltando un fuerte chasquido. Se escucha un alarido punzante. La madre de Ezequiel corre hacia él.
—¡Ya te mordiste, Cheque! ¿Ya ves? ¡Por andar comiendo como perrito!
Pero al acercarse, la mujer nota una mancha de sangre junto a un pequeño hueco en el pan. Un hilo de sangre escurre por la boca de Ezequiel. Su madre lo limpia con una servilleta y descubre el manantial de ese delgadísimo arroyo: en el labio superior del niño se ven unas marcas casi imperceptibles, pero profundas, de lo que parece una mordida; un conjunto de diminutos orificios hechos por agudos dientecillos.

11 de diciembre de 2014

Nado

“Surrender to the waiting worlds that lap against our side”, la voz y los acordes emergían suaves por los altavoces del auto. Cruzábamos la parte más tupida del bosque, abierta sólo por la estrecha y solitaria carretera. El atardecer era inminente y la luna había adelantado su función. Al salir de una curva, una manada de lobos brotó de entre los troncos, velocísima, despavorida, cuellos doblándose una y otra vez en busca del motivo de su carrera. Ni el rechinido de las llantas la distrajo de su huida. Algo obligaba a esos animales a pisar terrenos que preferían evitar. Apagué el estéreo y bajamos del auto. Un silencio sepulcral nos envolvió. La luna se asomaba detrás de los árboles y unos destellos aleatorios serpenteaban entre los troncos y los arbustos. Una inconcebible miríada de ardillas, liebres, zorros y mofetas se abalanzaron hacia nosotros, en una estampida fugaz. Apenas habían terminado de cruzar la carretera cuando un canto extraño surgió del bosque y, desde un claro que apenas se adivinaba entre el follaje, comenzó a elevarse una masa amorfa, brillante, que luego mutó en una especie de sirénido metálico. Arqueándose, suspendido en el aire, comenzó a ascender con una aceleración creciente. Unos segundos después, sólo quedaron nuestras miradas que se cruzaban en el silencio.

Uno de los cuentos ganadores del concurso 104 de Las Historias, sitio de Alberto Chimal.

28 de junio de 2014

Silbido

Aquella limpia y despejada noche, una refulgente luna bañaba con su claridad a un bravo río que rugía al roer el rostro de la tierra. Cuatro hombres, montados sobre una canoa, luchaban a brazo partido contra el terror que pretendía apoderarse de sus espíritus. Miraban atrás, buscando la fuente de su inquietud. Un descuido los llevó a una corriente que los impulsó a la caída de una cascada. Tras alcanzar, desperdigados, las raíces de aquel inmenso tronco de agua, se reagruparon a nado y pusieron el casco de la canoa contra la superficie de un trémulo espejo. La calma era intrigante. Un lejano aullido hizo saltar en pedazos aquel esperanzador silencio. Unos segundos después, mucho más cerca, grandes ramas se quejaron al ser fracturadas. Los hombres se agazaparon, cuatro espaldas unidas en un sólo temblor. Un silbido electrizante. Tres días después, cerca de un pueblo corriente abajo, unos campesinos hallaron en la ribera del río una canoa abandonada, casi intacta, salvo por una mancha carbonizada en su centro, con la forma de un trébol de cuatro hojas.